VOCIFERA,periodismo de calles
Saturday, December 30, 2006
El huaso
Ya no es el mismo, se ve acabado, los años se le vinieron encima, de súbito, sin esperarlo, sin que él se imaginara que en un abrir y cerrar de ojos los sesenta años los llevaría en su cuerpo Su rostro, arrugado, acusa la infinidad de caminos recorridos en el transcurso de la vida. Son surcos que nacen desde adentro y se externalizan inmisericorde a través de su piel y sus poros, como pertinaz recordatorio de que el tiempo sí transcurre, pese a que la mente intenta muchas veces doparnos con la idea del “mañana lo haré” El huaso está viejo, quién lo iba a imaginar, viejo y acabado, viviendo de la caridad. No tiene fuerzas para seguir con su vida delictual, eran otros tiempos esos en los que estafaba a los Santiaguinos con el “cuento del tío”, tenemos que reconocer que en eso era muy bueno.Lo encontré en la Calle Condell, en el comedor de las Monjitas de la Divina Providencia, ahí estaba esperando en la “cola, para ver si alcanzaba un plato porotos” Junto a otros indigentes, sucios, malolientes desaseados, se entrelazaban en una atmósfera irreal, fantástica, surrealista, viviendo de absurdos, de planteamientos ilógicos, (pero necesarios) para justificar la pobreza la marginación, la postración social en la que se encontraban. Añorando y viviendo de una época dorada que se les escapó de las manos tan imperceptiblemente como se escapa el aire de los pulmones.
Tiempo en que Ahumada no poseía cámaras de seguridad y todavía no se proyectaba como paseo. La calle Ahumada, la genuina, la auténtica, Ahumada de colores reales, vivos; catalizador de todos los sueños y los anhelos de Santiago; la que recogía para sí el cansancio, el caminar, los sudores, las alegrías y las penas de muchos transeúntes. Esa Ahumada, la clásica, la de antes.
_¡ Cómo ha pasado el tiempo! , evoca, y un nudo en la garganta sube desde su alma para deshacerse en las pupilas de sus negros ojos. ¡Puta que gané plata. Nunca hice daño a nadie, sólo con astucia llegué a manejar sumas considerables de dinero. Mi estratagema era sencilla, me disfrazaba de huaso, después de haber arreglado unos boletos de Polla, buscaba al incauto que cayera en el juego. Para arreglar el boleto usaba un pegamento especial que usan los dibujantes técnicos, incolora, transparente, no dejaba indicio de que el documento hubiese sido manipulado. Cambiaba los números y los hacía coincidir con el boleto ganador. ¡Quedaba perfecto! Ese era un aspecto, el otro importante, aludía a mi comportamiento, debía hablar, razonar y mostrar ademanes convincentes de ser una persona sin educación, ignorante. Me paraba en una esquina con i canasta de verduras y esperaba interceptar a alguien para engatusarlo.
-¡Oiga patróncito! Le puedo hacer una consulta. Mire que yo no soy de acá, y ando medio mareado con tanta bulla y tanta gente. Yo soy del sur, vengo a cobrar un boleto de una “rifa” que me gané. ¡Miré! No sé, pero yo leo clarito ahí que dice $300. 000, ¿cuánta plata es eso? En verdad el boleto indicaba $ 3.000.000 de premio, en ese tiempo era mucho dinero, y la persona que detectaba esa incongruencia se tentaba y reafirmaba lo que yo “veía” _¡Sí! Efectivamente, el boleto es de $ 300.000 A partir de ese minuto se activaba la codicia en mi interlocutor, se obnubilaba y se perdía de manera irremediable. _¡Yo no sé mucho de estas cosas! Estoy muy contrariado, llegué hoy por la mañana y estoy incomodo con estos sacos y esta canasta. No sé si alcanzaré a llegar a cobrar el boleto. Por que dígame Señor ¿dónde queda esa payasá? _ Esta calle se llama Puente, un poco más allá está la Catedral, sigue hacia el sur y va a ver un edificio grande en el que se ubica la Polla de “Beneficencia”, para ser honesto de aquí le queda bastante lejos. _ ¡Pucha oh! Me cansó esta cuestión. _ Si le parece yo le puedo dar el dinero que indica el boleto y se ahorra el viaje. _ ¿En serio? Usted me haría ese favor? _ ¡Por supuesto! Así no tendrá que movilizarse con tanto saco. _Ya po’ Patróncito pase los $ 300.000. Introducía su mano en el bolsillo de la chaqueta y sacaba un fajo de billetes nuevos de $10.000. Tomaba el boleto y volvía a confrontarlo con la información del Diario con el boleto. Ratificaba y confirmaba que estaba haciendo un gran negocio. _ ¡Ya! Conforme. Tome. Yo cobraré el boleto. _¡Gracias jefecito! Me sacó un peso de encima. Tomaba en mis manos los billetes, y luego de unos minutos comenzaba a despedirme, lento, despacio. El se iba inquieto, nervioso, con la ansiedad propia de verse en sus manos con un boleto de tres millones de pesos. Una vez que llegaba a la agencia, lo pasaba por la maquina y este acusaba que era falso. _Lo estafaron mi amigo, este boleto es ilegitimo. Todavía no me puedo imaginar la cara del hombre después de enterarse. Esta misma gracia la hacia tres veces en el transcurso del día, a veces por montos más pequeños, pero la táctica jamás fallaba. En los archivos de investigaciones estoy fichado como el “huaso”, justamente por eso.
También ganamos mucha plata con el “balurdo”, este paquete de billetes que uno tiraba al suelo ante alguien que recién salía del banco. En este engaño se trabajaba con un socio. Ingresaba el banco para detectar a quien sacara grandes sumas de dinero, lo marcaba, una vez que el sujeto salía del banco sabía a quien tenía que seguir. Traba de cruzrme con él, en el minuto que lo lograba soltaba el “balurdo”, que era un paquete con cuatro tapas de $10.000, el resto sólo papel de diario. Al verlo de repente se instalaba en la mente la idea de un paquete grande de billetes. Esa es la idea que quedaba en la víctima. Tomaba del hombro al sujeto y lo llevaba a una esquina, le mostraba el “paquete”, y le explicaba que era de ambos. Mientras conversaba con él, mi socio se acercaba a nosotros y con cara de ingenuo preguntaba si habíamos encontrado un paquete de dinero que había extraviado. Antes que se acercara introducía el balurdo en los bolsillos de mi amigo ocasional, sin que se percatara sacaba las tapas de $10.00 que lo envolvía _¡Oiga amigo! ¿Cuánta plata era? Preguntaba yo dando inicio a la estafa. _Perdone que los moleste, pero perdí dos millones y medio, y como Ustedes están en el recorrido que hice, supuse que habían visto algo. _ ¡No! ¡ No! No hemos visto nada, miraba a mi víctima y cerrando un ojo le decía: _ ¿No es cierto primo? Que nosotros no hemos encontrado nada? Al tratarlo como “primo” lograba dos cosas, establecer una relación cercana y de complicidad. Con esa afirmación el se involucraba psicológicamente, y entraba en una especie de “aturdimiento pasajero”, a partir de eso sería fácil de manejar. Mi socio se alejaba, y yo aprovechaba de centrarlo en el “dinero” que estaba en su bolsillo, sacaba cuentas. Mira nos encontramos dos millones y medio, corresponde a cada uno un millón dos ciento cincuenta mil pesos, mientras sacaba las cuentas aparecía nuevamente mi compañero para insistir en su búsqueda. _¡Ahí viene de nuevo este guevon! No vamos a estar tranquilos aquí. _¡Ya qué pasó ahora! _No es que saben, no puedo llegar a mi trabajo sin el dinero, significaría mi despido. _ ¡Pucha la que la cagué! _Como le dije antes nosotros no vimos nada, estoy con mi primo aquí y hablamos de trabajo, no podemos hacer nada por Usted. Se aleja nuevamente. Quedamos solo nuevamente. Mi socio se queda en un lugar visible, haciendo como que busca la plata. Ambos lo vemos, y explico al joven: _Mira aún sigue ahí ese idiota, parece que no vamos a poder dividir el “paquete” Cuánta plata sacaste del Banco. Metido en el cuento responde como autómata: _ Retiré seiscientos mil pesos. _ Vamos a hacer un cosa práctica, meto la mano en el bolsillo donde tiene su plata y simultáneamente le explico que me voy a quedar con los seiscientos mil pesos y que el se quede con los dos millones y medio. _ ¿Le parece primo? Mira ahí viene de nuevo este compadre. Se acerca mi socio, y antes de que llegue a nosotros, le dijo que nos separemos para que no nos vuelva a preguntar lo mismo. Rápidamente nos separamos en sentido contrario, en mi bolsillo tengo los seiscientos mil pesos de su retiro más los cuarenta mil del “balurdo” que fueron utilizadas como tapa.
Después repartimos con mi amigo, y repetimos la gracia con otra persona. ¿Sabes porque caen? Su codicia los pierde. Termina de explicar esto cuando la antigua y gruesa puerta del comedor se abren de para en par. Aparece la tía Olga, encargada del comedor. Todos los que llegan a almorzar son indigentes, gente que vive en las calles, como los etiqueta el gobierno de hoy: “son personas en situación de calle” El huaso está a mi lado, e intenta contar otra historia pero los empujones de quienes desean ingresar lo impiden. Miro por última vez los surcos en el rostro del huaso, y vuelvo a afirmar: El huaso ya no es el mismo, está viejo, su época de esplendor se apagó. Ahí está, todo cagado, en una fila de dos horas para comer un plato de porotos sin condimentos y sin sal. ¿Y qué hizo con todo el dinero que ganó? Drogas y alcohol.. Quedó en la calle, se desvaneció la chispa, el ingenio, la vivacidad. Parece que lleva consigo un saco de arrugas que carga lastimosamente.
Sunday, December 17, 2006
El condor

_ ¡Ya niñitos a despertar, se acabaron los cuatrocientos pesos del hospedaje! ¡A levantarse! Algunos, semidormidos, levantan las cabezas para ver de qué tío se trata, perezosos quitan las tapas haciendo ademán de levantarse, lo piensa otra vez y desisten, se quedan mirando al tío, escuchan lo que éste expresa:
_ ¡Ya niñitos a levantarse se van a quedar sin desayuno! Recuerden que después de las 7:30 no hay tostadas con mantequilla. ¡Ya pillín! a Levantarse!. Hasta el perro tiene olor a flojera. Gradualmente, y a medida que el Tío reitera su llamado a dejar las sábanas, todos reaccionamos, nos sentamos en el camarote, buscamos los pantalones debajo de la almohada, sacamos los zapatos debajo de las frazadas. Lentamente disponemos a vestirnos, primero nos ponemos los pantalones, luego la camisa, posteriormente los zapatos. Torpemente, y sin haber despertado del todo, nos lanzamos al piso. De inmediato hacemos la cama, estiramos las sábanas que están limpias, pues se cambian todos los domingos, al igual que las frazadas. Todas las semanas nos acostamos en camas limpias, es grato, y se disfruta ese olor a limpio que toca nuestras narices. El Educador se ha ido, todos hemos despertados, menos los regalones de la hospedería. Antes de salir del dormitorio, procuro sacar todas mis cosas para llevarlas a mi casillero. Debajo del colchón guardo un libro y dos poleras que he guardado ahí para que no las roben. Retiro estas cosas, y guío mis pasos al baño.
Retiro de la cocina, un vaso de leche y una hallulla , con ambas en la mano vuelvo al hall, tomo una silla roja de veraneo. Me siento. Trituro un pedazo de pan. Veo, instalado en el centro del hall, un rostro conocido. Dudo un momento, y pienso que quizá es sólo una idea inexacta que ha cruzado por mi cabeza. No puede ser él. No en este lugar. Ante mis ojos, nada más ni nada menos que el Cóndor. Un conocido delincuente del sector de Independencia. Al descubrirlo, se reavivan y se aceleran cientos de recuerdos.
Fue hace algunos años atrás, en los estertores del régimen militar, regresaba a mi casa en el sector de Valdivieso, en la ladera del Cerro San Cristóbal. El tiempo, precipitado marcaba inmisericorde las horas y los minutos. Pulverizaba al día, ahogándolo hasta quitarle la última partícula de luz. Los frágiles metales de mi reloj, marcaban las 2:00 de la madrugada. No había locomoción, tampoco taxis, menos colectivos. Solo, caminaba en dirección Nororiente por las desvencijadas y peligrosas calles de Recoleta.
Antes de llegar a Antonia López de Bello , repentinamente se detiene un radiopatrullas, apareció de la nada, tomó forma, conspiró con la oscuridad y de súbito inundaba todo el ancho de mis pupilas. Sorprendido, veo a un carabinero bajar, vestido a la usanza de las fuerzas especiales, en sus manos una metralleta u-zi israelí, apunta sobre mi cabeza, sin mediar presentación pregunta si poseo cédula de identidad. Nervioso, titilante busco entre mis bolsillos sin encontrar el documento. _ ¡No lo tengo mi mayor! Respondo ingenuamente., como si esa respuesta me fuese a exculpar y a liberar de ese difícil trance_ ¡Arriba maricón! Grita en mis oídos, y con una pata en la ‘raja’, me obliga a subir al radio patrullas. Adentro, no se ve nada, todo es oscuridad. Algunos detenidos se quejan, calculo que son tres prisioneros más. Un borrachito, lanza algunos insultos, me pide que no lo mire feo, (no se ve nada en el furgón), o de lo contrario me va a sacar la ‘chucha’. Ignoro sus palabras e intento concentrarme en el grave problema en el que me encuentro. No entiendo nada... me esfuerzo en encontrar una respuesta racional a la situación... no existe ninguna respuesta coherente. Me limito a esperar el desenlace de los acontecimientos.
Establezco mentalmente que hemos recorrido varias calles, sin embargo no puedo imaginar dónde terminará ese viaje. El vehículo se detiene, el silencio es absoluto. Adentro nadie respira, todos están expectantes, repentinamente se abren las puertas de par en par, un carabinero conmina a que bajemos del radiopatrullas, a punta de garabatos logra que todos desciendan. En total somos cuatro, llegamos a la once comisaría de Recoleta, ubicada estratégicamente en calle el Salto. Alguien ha confesado, mientras viajábamos, que un general de ejército fue muerto por un grupo terrorista, y que en el sector se realiza una operación rastrillo para dar con los responsables. En esa operación hemos caído nosotros, rogamos que a nadie se le atribuya la autoría del atentado. Existe todavía la detención por sospecha, a pesar de que los organismos de seguridad han actuado siempre al margen de la legalidad, en esta ocasión se mueven amparados por la ley. Ingresamos a comisaría, el cabo de guardia parcamente indica que tenemos derecho a realizar una llamada telefónica. Presuroso, busco un contacto que me pueda sacar de ahí. Pienso en Monseñor Ricardo Martínez, Dean de la catedral, y secretario de Monseñor Matte, Obispo Castrense, estoy salvado, sólo si logro comunicarme con él. He participado en el Seminario Pontifico Menor, y estoy en el grupo del ejército. Rezo para que Monseñor responda el llamado, dudo un momento, considerando la hora, son exactamente las 3:30 de la mañana. _¡Oye tú negro! ¿A quién vas a llamar? Tímidamente, y con cara de estúpido, doy el número de Ricardo Martínez. Curiosamente no se me permite hablar con él. El cabo de guardia es quien llama y habla con Monseñor. _¡Ya! Muy bien, sí Monseñor. Alcanzo a escuchar las respuestas del carabinero. A mis acompañantes los llevan a calabozos. El chofer del radiopatrullas conversa con el cabo y le susurra algo al oído. Luego se acerca a mí y me aparta. Me permite sentarme. Señala que me quedaré en recepción a la espera del cura. Obedezco sin efectuar ningún tipo de comentarios. Son las 4:00 de la mañana, experimento algo de cansancio, no he dormido nada. Violentamente, es ingresado un joven a recepción, es robusto, fornido, mediana estatura, ancho de hombres, de piernas delgadas, cabellos cortos, con su mirada enajenada, se desentiende de los garabatos y los apremios físicos a los que es sometido por un carabinero. Con una luma, lo golpea insistentemente, en todo su cuerpo. _¿De nuevo aquí guevon? ¡Robándole la palta a los ancianos concha de tu Madre! ¡¡Ahora te voy a cagar a palos!!, grita iracundo el carabinero, y descarga una y otra vez su mazo en el cuerpo del Cóndor. Este último no se inmuta, desconoce el dolor, y se mantiene de pie imperturbable. De todo ese espectáculo, registro en mi mente una característica del cóndor, nunca lo olvidaré por ese detalle, posee una enorme nariz, su sobrenombre proviene de esa inmensa mole con dos orificios que le descuadra todo su rostro. Cincelo su fisonomía de forma indeleble, en los patrones inexplorados de mi mente. El reloj, clavado en pared de la comisaría marca las 5:30 de la madrugada. Monseñor Ricardo Martínez me libera de esa situación, dejo atrás a los ‘pacos’, a quienes me acompañaban, y al cóndor.
En el hall de la Hospedería, aún permanecen algunos compañeros de ruta, entre ellos veo al cóndor, el mismo que permitió remitirme a un fragmento de mi vida. Es él, Sin lugar a dudas, convencido de mi descubrimiento, me levantó y me dispongo a salir del Hogar.