
El comedor tiene cabida para unas 40 personas, es mediano en términos de proporciones. El salón, en el que me encuentro, tienes múltiples funciones, durante el día es utilizado como comedor, por las noches se transforma en dormitorio, y es ahí donde se ubican un sinnúmero de colchonetas en las que descansan los ‘pasajeros’, en otras ocasiones, sin embargo, se utiliza como sala de eventos, se realizan actividades extra programaticas, y también es el receptáculo de las oraciones que dispensan los curitas cuando se efectúa una misa. El techo es sostenido por gruesas vigas de acero que la cruzan verticalmente, en el sector poniente se ubica la cocina, en el opuesto la mampara que permite la salida al patio. Una rectangular ventana, se sube cada vez que se debe servir la cena.
Son cerca de las 20:00 horas, el comedor está repleto. Miro cada una de las mesas, y en todas veo el mismo prototipo de hombres, cruzados por características similares, amarrados y conectados en la vida por una experiencia similar. Muchos están sucios, el aseo los ha abandonado hace mucho tiempo. Es signo, palpable y tangible, de que algo sucede en sus corazones. Su brutal y drástico abandono, se externaliza y se muestra en sus ropas de harapos, su marcada suciedad, y sus desgarbados rostros. Sus malos olores se dispersan y se diluyen en el espacio pequeño y reducido del comedor, olor a sudor, que ignoran porque ya se han habituado a ello, que desconocen y no logran identificar, porque han renunciado, en alguna medida, a su propia dignidad. Al principio, siento un deseo compulsivo por vomitar...controlo y domino esa respuesta visceral de mi organismo. Veo colores, no los colores que describe Cyndi Laupper en una de sus canciones: “lo colores reales del arcoiris”, sino los colores opacos, oscurecidos por la grisácea apariencia del polvo y de la mugre.
Mientras recorro visualmente cada uno de los rostros, con el propósito de registrar todos y cada uno de los momentos, descubro a mi lado a un joven de aproximadamente cuarenta años, es delgado, sus ojos negros se asemejan a dos aceitunas clavados en el fondo de sus párpados, su mirada es vivaz, expresiva, su leve sonrisa dan más realce a su mirar, y se complementan como el cirio con el fuego, y logran crear la armonía perfecta, la ecuación matemática de unos ojos que pretenden aprehender al mundo en su totalidad. _¿Cómo te ha ido? Pregunto. _¡Bien! Sonríe. Permanece inmóvil, acariciando las frases que le permitan articular una respuesta. _¡Bien! Estuve en Pudahuel. Está feliz, presiento que desea comunicar una noticia importante. Su rostro irradia luz, atento espero que me de más detalles. _¿Fuiste a trabajar? _Sí, luego se desdice._En verdad no! No sabe qué decir, se confunde, luego confiesa....._Estuve con mi hijo. Sus ojos se humedecen, se llenan de lágrimas, se contiene. Queda suspendido, orbitando en sus recuerdos, respira profundo. _¿Y qué hiciste? ¿Fueron a pasear? Mueve la cabeza, y responde afirmativamente. Vuelve a respirar, pasa sus manos por sus ojos, y seca sus lágrimas. _¡Pero la pasé bien! Afirma categóricamente para borrar todo indicio de debilidad.
Son cerca de las 20:00 horas, el comedor está repleto. Miro cada una de las mesas, y en todas veo el mismo prototipo de hombres, cruzados por características similares, amarrados y conectados en la vida por una experiencia similar. Muchos están sucios, el aseo los ha abandonado hace mucho tiempo. Es signo, palpable y tangible, de que algo sucede en sus corazones. Su brutal y drástico abandono, se externaliza y se muestra en sus ropas de harapos, su marcada suciedad, y sus desgarbados rostros. Sus malos olores se dispersan y se diluyen en el espacio pequeño y reducido del comedor, olor a sudor, que ignoran porque ya se han habituado a ello, que desconocen y no logran identificar, porque han renunciado, en alguna medida, a su propia dignidad. Al principio, siento un deseo compulsivo por vomitar...controlo y domino esa respuesta visceral de mi organismo. Veo colores, no los colores que describe Cyndi Laupper en una de sus canciones: “lo colores reales del arcoiris”, sino los colores opacos, oscurecidos por la grisácea apariencia del polvo y de la mugre.
Mientras recorro visualmente cada uno de los rostros, con el propósito de registrar todos y cada uno de los momentos, descubro a mi lado a un joven de aproximadamente cuarenta años, es delgado, sus ojos negros se asemejan a dos aceitunas clavados en el fondo de sus párpados, su mirada es vivaz, expresiva, su leve sonrisa dan más realce a su mirar, y se complementan como el cirio con el fuego, y logran crear la armonía perfecta, la ecuación matemática de unos ojos que pretenden aprehender al mundo en su totalidad. _¿Cómo te ha ido? Pregunto. _¡Bien! Sonríe. Permanece inmóvil, acariciando las frases que le permitan articular una respuesta. _¡Bien! Estuve en Pudahuel. Está feliz, presiento que desea comunicar una noticia importante. Su rostro irradia luz, atento espero que me de más detalles. _¿Fuiste a trabajar? _Sí, luego se desdice._En verdad no! No sabe qué decir, se confunde, luego confiesa....._Estuve con mi hijo. Sus ojos se humedecen, se llenan de lágrimas, se contiene. Queda suspendido, orbitando en sus recuerdos, respira profundo. _¿Y qué hiciste? ¿Fueron a pasear? Mueve la cabeza, y responde afirmativamente. Vuelve a respirar, pasa sus manos por sus ojos, y seca sus lágrimas. _¡Pero la pasé bien! Afirma categóricamente para borrar todo indicio de debilidad.
E imagino la situación, me lleva mi mente a las calles de Pudahuel, y creo ver a Agustin con su hijo, tomados de la mano, en dirección a Serrano. En esa esquina se ubica la misma panadería que hace 35 años, cuando recién ese sector se comenzó a poblar. Caminan, por esos derroteros que parecen sin salida, muchos jamás pueden salir de ahí. Permanecen enclaustrados de la pobreza, del sufrimiento. Porque después de esas calles que hay? Nada. Sólo el aeropuerto...quizá algún día ellos puedan volar, espero que alcen el vuelo y emprendan una aventura que modifique sus parametros mentales. El avión es la solución para ellos, tienen que volar...y volar muy lejos. Agustín toma a su hijo de la mano, palpa cada musculo de ese pequeño ser que lo sigue y observa con una mirada agradecida. El vínculo que los une y los ata, pese a la distancia no se puede romper. Cada cierto tiempo, un reloj instalado en el fondo de su alma le remite al hijo que no ve, pero que ama sobre todas las cosas.
Llorar, significa mostrar y reconocer su debilidad, en el Hogar de Cristo no se puede dar esa licencia. Contiene sus lágrimas, se levanta, mueve la cabeza en señal de despedida y se aleja con su bandeja de comida casi repleta.
