El condor


La mañana ha llegado de improviso, como es habitual, hemos visto encenderse los tubos fluorescentes, precedidos por un pequeño sonido del partidor. El ballas, evidentemente agotado, ha obedecido al impulso automático del partidor, y ha permitido que los electrones se dirijan al tubo para encenderlo, en dos impulsos, se ha encendido la luz blanca de los seis tubos. El tío comienza a despertarnos uno por uno:
_ ¡Ya niñitos a despertar, se acabaron los cuatrocientos pesos del hospedaje! ¡A levantarse! Algunos, semidormidos, levantan las cabezas para ver de qué tío se trata, perezosos quitan las tapas haciendo ademán de levantarse, lo piensa otra vez y desisten, se quedan mirando al tío, escuchan lo que éste expresa:
_ ¡Ya niñitos a levantarse se van a quedar sin desayuno! Recuerden que después de las 7:30 no hay tostadas con mantequilla. ¡Ya pillín! a Levantarse!. Hasta el perro tiene olor a flojera. Gradualmente, y a medida que el Tío reitera su llamado a dejar las sábanas, todos reaccionamos, nos sentamos en el camarote, buscamos los pantalones debajo de la almohada, sacamos los zapatos debajo de las frazadas. Lentamente disponemos a vestirnos, primero nos ponemos los pantalones, luego la camisa, posteriormente los zapatos. Torpemente, y sin haber despertado del todo, nos lanzamos al piso. De inmediato hacemos la cama, estiramos las sábanas que están limpias, pues se cambian todos los domingos, al igual que las frazadas. Todas las semanas nos acostamos en camas limpias, es grato, y se disfruta ese olor a limpio que toca nuestras narices. El Educador se ha ido, todos hemos despertados, menos los regalones de la hospedería. Antes de salir del dormitorio, procuro sacar todas mis cosas para llevarlas a mi casillero. Debajo del colchón guardo un libro y dos poleras que he guardado ahí para que no las roben. Retiro estas cosas, y guío mis pasos al baño.
Retiro de la cocina, un vaso de leche y una hallulla , con ambas en la mano vuelvo al hall, tomo una silla roja de veraneo. Me siento. Trituro un pedazo de pan. Veo, instalado en el centro del hall, un rostro conocido. Dudo un momento, y pienso que quizá es sólo una idea inexacta que ha cruzado por mi cabeza. No puede ser él. No en este lugar. Ante mis ojos, nada más ni nada menos que el Cóndor. Un conocido delincuente del sector de Independencia. Al descubrirlo, se reavivan y se aceleran cientos de recuerdos.
Fue hace algunos años atrás, en los estertores del régimen militar, regresaba a mi casa en el sector de Valdivieso, en la ladera del Cerro San Cristóbal. El tiempo, precipitado marcaba inmisericorde las horas y los minutos. Pulverizaba al día, ahogándolo hasta quitarle la última partícula de luz. Los frágiles metales de mi reloj, marcaban las 2:00 de la madrugada. No había locomoción, tampoco taxis, menos colectivos. Solo, caminaba en dirección Nororiente por las desvencijadas y peligrosas calles de Recoleta.
Antes de llegar a Antonia López de Bello , repentinamente se detiene un radiopatrullas, apareció de la nada, tomó forma, conspiró con la oscuridad y de súbito inundaba todo el ancho de mis pupilas. Sorprendido, veo a un carabinero bajar, vestido a la usanza de las fuerzas especiales, en sus manos una metralleta u-zi israelí, apunta sobre mi cabeza, sin mediar presentación pregunta si poseo cédula de identidad. Nervioso, titilante busco entre mis bolsillos sin encontrar el documento. _ ¡No lo tengo mi mayor! Respondo ingenuamente., como si esa respuesta me fuese a exculpar y a liberar de ese difícil trance_ ¡Arriba maricón! Grita en mis oídos, y con una pata en la ‘raja’, me obliga a subir al radio patrullas. Adentro, no se ve nada, todo es oscuridad. Algunos detenidos se quejan, calculo que son tres prisioneros más. Un borrachito, lanza algunos insultos, me pide que no lo mire feo, (no se ve nada en el furgón), o de lo contrario me va a sacar la ‘chucha’. Ignoro sus palabras e intento concentrarme en el grave problema en el que me encuentro. No entiendo nada... me esfuerzo en encontrar una respuesta racional a la situación... no existe ninguna respuesta coherente. Me limito a esperar el desenlace de los acontecimientos.
Establezco mentalmente que hemos recorrido varias calles, sin embargo no puedo imaginar dónde terminará ese viaje. El vehículo se detiene, el silencio es absoluto. Adentro nadie respira, todos están expectantes, repentinamente se abren las puertas de par en par, un carabinero conmina a que bajemos del radiopatrullas, a punta de garabatos logra que todos desciendan. En total somos cuatro, llegamos a la once comisaría de Recoleta, ubicada estratégicamente en calle el Salto. Alguien ha confesado, mientras viajábamos, que un general de ejército fue muerto por un grupo terrorista, y que en el sector se realiza una operación rastrillo para dar con los responsables. En esa operación hemos caído nosotros, rogamos que a nadie se le atribuya la autoría del atentado. Existe todavía la detención por sospecha, a pesar de que los organismos de seguridad han actuado siempre al margen de la legalidad, en esta ocasión se mueven amparados por la ley. Ingresamos a comisaría, el cabo de guardia parcamente indica que tenemos derecho a realizar una llamada telefónica. Presuroso, busco un contacto que me pueda sacar de ahí. Pienso en Monseñor Ricardo Martínez, Dean de la catedral, y secretario de Monseñor Matte, Obispo Castrense, estoy salvado, sólo si logro comunicarme con él. He participado en el Seminario Pontifico Menor, y estoy en el grupo del ejército. Rezo para que Monseñor responda el llamado, dudo un momento, considerando la hora, son exactamente las 3:30 de la mañana. _¡Oye tú negro! ¿A quién vas a llamar? Tímidamente, y con cara de estúpido, doy el número de Ricardo Martínez. Curiosamente no se me permite hablar con él. El cabo de guardia es quien llama y habla con Monseñor. _¡Ya! Muy bien, sí Monseñor. Alcanzo a escuchar las respuestas del carabinero. A mis acompañantes los llevan a calabozos. El chofer del radiopatrullas conversa con el cabo y le susurra algo al oído. Luego se acerca a mí y me aparta. Me permite sentarme. Señala que me quedaré en recepción a la espera del cura. Obedezco sin efectuar ningún tipo de comentarios. Son las 4:00 de la mañana, experimento algo de cansancio, no he dormido nada. Violentamente, es ingresado un joven a recepción, es robusto, fornido, mediana estatura, ancho de hombres, de piernas delgadas, cabellos cortos, con su mirada enajenada, se desentiende de los garabatos y los apremios físicos a los que es sometido por un carabinero. Con una luma, lo golpea insistentemente, en todo su cuerpo. _¿De nuevo aquí guevon? ¡Robándole la palta a los ancianos concha de tu Madre! ¡¡Ahora te voy a cagar a palos!!, grita iracundo el carabinero, y descarga una y otra vez su mazo en el cuerpo del Cóndor. Este último no se inmuta, desconoce el dolor, y se mantiene de pie imperturbable. De todo ese espectáculo, registro en mi mente una característica del cóndor, nunca lo olvidaré por ese detalle, posee una enorme nariz, su sobrenombre proviene de esa inmensa mole con dos orificios que le descuadra todo su rostro. Cinceló su fisonomía de forma indeleble, en los patrones inexplorados de mi mente. El reloj, clavado en pared de la comisaría marca las 5:30 de la madrugada. Monseñor Ricardo Martinez me libera de esa situación, dejo atrás a los ‘pacos’, a quienes me acompañaban, y al cóndor.
En el hall de la Hospedería, aún permanecen algunos compañeros de ruta, entre ellos veo al cóndor, el mismo que permitió remitirme a un fragmento de mi vida. Es él, Sin lugar a dudas, convencido de mi descubrimiento, me levantó y me dispongo a salir del Hogar.