Wednesday, September 13, 2006



Mil ciento veinticinco Aventuras y una Esperanza


Autor: Blazon azul
Invierno del 2006

El mejor relato es aquel que se origina en la realidad. Para ser genuino y creíble ha de ser vivido, tal como lo vive una persona que se encardila en una situación determinada. Y yo, que confundo la realidad con la fantasía, por las características novelescas de mi mente, acepté el desafío de incrustarme en una realidad que deseaba conocer y describir. Elegí la hospedería del Padre Lavin, perteneciente al “Hogar de Cristo”, porque sus moradores son personas aún jóvenes que intentan de alguna forma recuperar sus vida. Es probable que el término utilizado no te diga mucho: ‘recuperar sus vidas’, posee una carga emotiva muy grande, formidable, sintetiza una experiencia que muy pocos desearían vivir. Han sido, prácticamente cuatro meses, en los que he observado vidas desgastadas, vidas erráticas, vidas que han perdido el norte, y que por sus ‘taras’ psicológicas, no pueden reorientar sus vidas hacia una actividad sana y productiva. En la ciudad son como fantasmas, existen, pueden respirar, realizan actividades básicas, no obstante pasan desapercibidos en la pintura realista y moderna de la ciudad. Logré identificarme plenamente con ellos; lloré ante la paradoja de historias grisáceas y significativas, trastocadas por la fuerza de los eventos, por la dureza de la realidad. Estuve con ellos, compartí sus temores y sus anhelos, participé de todas las actividades que se inventan durante el día para que este sea más llevadero, recorrí las caprichosa calles del sector poniente de la capital, que albergan un pasado lujoso y espléndido, y se confunden en algunas esquinas con la violenta arremetida del modernismos. Durante cuatro meses caminé de manera infatigable por las calles más emblemáticas: San Pablo, Esperanza, Santo Domingo, Maipú, Herrera, Matucana, Agustinas, en fin todos los recovecos de un segmento de la capital por el que deambulan seres humanos, que en ocasiones asimilan ser fantasmas por su apariencia desgarbada e insustancial, y a los que la gente prefiere evitar. En esta ocasión, mi fantasía e imaginación cesarán, porque todo lo que pueda describir de ahora en adelante, obedece a la más pura realidad.
Con este relato, que he denominado “1125 aventuras y 1 Esperanza”, inicio el tema enunciado: ‘Hombres que se ha abandonado’


Mi llegada.

Alrededor de las 20:00 horas, me encamino a General Velásquez con Alameda, la información que manejo es que el “Hogar de Cristo”, se encuentra en esa calle, unas seis cuadras hacía el sur. Es tarde, ha oscurecido, las luces tinte azulino del Líder, se muestran como farol en medio de la noche. Al bajarme en la esquina, obedezco a la información que se ha filtrado subliminalmente a mi mente, de forma automática mis pasos se orientan al sur. Demoro alrededor de diez minutos en llegar al lineal edificio, color rojo, que aloja en sus dependencias la visión de un hombre sensible.
La noche se ha filtrado sobre los compactos poros de los edificios, y cae suavemente sobre techos dispares de la Población Los Nogales. Desde mi posición, vislumbro algunas antenas de TV que parecen anquilosadas en el pasado, e inalambricamente me remiten a los años 70’. Camino tranquilo, sin intentar detener la vorágine del tiempo. De imprevisto, veo que las sombras aparecen desde la nada, se presentan en formas imperfectas, levitan a mi alrededor, si escabullen y se posesionan de zonas tímidamente claras.

Distingo la figura de un hombre, que presuroso, se encamina al extenso edificio, al alcanzarlo pregunto por la entrada, responde que él se desplaza hacia allá, me limito a seguirlo. Caminamos en silencio, ambos colocando barreras para proteger de alguna manera nuestra identidad. Al llegar a la entrada activamos el timbre, el portero automático se abre, ambos entramos, el hombre se adelanta y conversa con el encargado. Después de chequearlo, le hace ingresar y le indica un número de cama. Una vez que el hombre ingresa, voltea su rostro hacia mí y me pregunta:
_¡En qué puedo ayudarlo! _Bueno. Respondo, _Venía a pedir alojamiento. Mira exhaustivamente, y se pasea por las características de mi rostro, detiene su mirar en mis ojos, y me dice que no puede ayudarme por que ese lugar es sólo para ancianos. A continuación pregunta: _¿Qué edad tiene usted? _¡Cuarenta!, respondo. _¡Ve!, que no lo puedo ayudar, Usted es muy joven para estar aquí. _¡No, noo! es que venía por si acaso, pero si no se puede no importa, no se preocupe. Giro mi cuerpo con la intención de retirarme, bajo las escaleras, y antes de pisar el último peldaño, en Encargado me llama. _¡A ver, a ver Señor!, puede haber una solución. Antes de abrir la puerta, me devuelvo presto escucho la sugerencia que me va a entregar. _Puede irse a Esperanza 1125, allí se alojan los adultos Jóvenes, voy a llamar para que lo reciban. Efectúa la llamada, después de la cual, nuevamente indagando en mi rostro, me da instrucciones sin ningún tipo de expresividad. Mecánicamente, anota en un papel la dirección y me pide que me encarrile para allá.

Salgo del lugar, afuera me encuentro con un panorama distinto, en la calle no hay nadie. Todos se han retirado, uno que otro joven pasa por el lugar, diluyéndose sus figuras en la frondosa oscuridad de la noche. Es imposible tomar alguna locomoción a esa horas, salgo a General Velásquez, y mi ruta la oriento a la Alameda. Da miedo transitar por ese lugar a esa altura de la noche. Acelero mis pasos, con el propósito de salir lo antes posible de ahí.
Llego a la intersección de Agustinas y la calle Esperanza. Me introduzco en la vasta solead del lugar, dirijo mi mirada al norte, veo nada, giro sobre mi mismo y avisto el sur, veo nada, donde mire, todo es nada. Puedo aseverar, con propiedad, que tuve un encuentro del tercer tipo con la nada, y la encontré vacía, insulza, insubstancial, puedo confesar su secreto: es muda, ingrávida, suave, mortecina. Iba sin miedo, sabía que andar a la una de la madrugada por ese sector no era prudente, pero estaba tranquilo, sólo me azuzaba la idea, de saber cómo era introducirse en el mundo de los desposeídos, de los que han perdido todo en la vida. Esta motivación se había transformado en mi aliciente, y me movía con una fuerza inusitada. La noche y la nada me llevaban en andas, impulsado por ambas aceleraba mis pasos, deseoso de llegar a Esperanza 1125.

Arribo a la intersección de las calles Esperanza y Mapocho, por la numeración capto que estoy cerca. Justamente, en toda la esquina se divisa una casa grande de color rojiza, una reja metálica protege su ondulada esquina. Sigo por esperanza, y me detengo al frente de la casa, la numeración corresponde a la que me dieron. Toco el timbre, después de unos minutos sale una persona.. Abre la puerta, se queda unos minutos observando, luego de los cuales pregunta: _¿Usted aloja aquí? _¡No! Respondo entre humilde y seguro. Me envían de General Velásquez. Ingresa nuevamente, se activa el portero y la enorme puerta verde se abre, empujo suavemente e ingreso. Al traspasar la primera puerta, a continuación, y a mi derecha, otra puerta conecta con la Oficina. Un joven, similar al que me recibió en General Velásquez, me saluda y me pregunta qué necesito. Respondo que vengo en busca de alojamiento. Frota sus manos, con el claro propósito de espantar el frío de esa noche, luego las cruza y se estira pesadamente en el sillón. _¡Tiene carné de Identidad! _¡No! Declaro preocupado. Pienso, que todo se puede ir a las pailas si me exigen la cedula. _Sólo recibimos a gente con su carné, no se puede quedar aquí...
_¿Se puede hacer una excepción? Perdí mi carné la semana pasada, y tengo que sacarlo nuevamente. ¡No sé, no sé! Contesta categórico el joven. Hable con él, y me indica el otro escritorio, donde veo a un caballero de espesa y tupida barba. Lo miro y me indica la silla que está detrás de se escritorio. ¡Asiento! Sin preámbulos me pregunta cuál es la idea. Quedarme sólo unos días, mientras me arreglo. Toma una ficha y comienza a escribir a medida que me interroga. Te vamos a pasar una colchoneta. Da instrucciones a otra persona para que me acompañe. Indicándolo, me sostiene que me va acompañar y que acomodar para que pase la noche ahí. _¡Sígame por favor¡ _¡Momentito! Alcanza a farfullar el de la barba tupida, _ Tome una colación. Recibo una bolsa que contiene en su interior un pan y un plátano. _¡Gracias! Respondo, _¡Muchas gracias!

Y de repente creí, que la fantasía, era sólo un pretexto de la mente para introducirnos en planos distintos, discurrí entonces, que muchos momentos de mi vida semejaban sueños de límites tiernos y frágiles, como aquel momento, en el que me introducía con asombro y subrepticios temores; pero en el fondo, qué es fantasía y qué es realidad. Ahí estaba atolondrado, expectante, sólo esperando que los acontecimientos no me sobrepasaran, anhelando que en cualquier minuto, pudiese tomar control de la situación. Ingresaba a un mundo nuevo, distinto, desconocido, los estímulos, los colores, las formas tomaban posesión de mis sentidos, valiéndose de pequeñas conquistas para finalmente apoderarse de todos mis raciocinios. _¡Venga!. Escucho la voz del joven que me conduce al patio, cruzamos un hall, bajamos tres peldaños y estamos en un espacio que cobija muchas colchonetas, en ellas, unos bultos arrebujados y deformes, externaliza la forma del sueño y el descanso. Una mezcla de malos olores toca agresivamente mis narices, distingo el olor a pichi, a pies, y a sudor. No soporto y automáticamente tapo mis narices. Cruzamos una mampara color naranja, accedo finalmente al patio, respiro aire puro, renuevo el aire de mis pulmones, abro la boca y atrapo una bocanada de aire fresco. Legamos a una puerta, el acompañante la abre, e ingresamos una sala donde tienen sabanas y colchonetas. Hace frío, son los últimos días del mes de junio, el invierno llegó tarde este año, recién los primeros quince días de Julio el invierno se asomaría con más decisión. Extiende sus manos a mí para entregarme dos frazadas, me indica otro lugar y me pide que saque una colchoneta, posteriormente me solicita que me ubique en algún lugar del salón. Cruzo nuevamente las puertas, e identifico un espacio vacío, pongo la colchoneta, decido acostarme con ropa, tratando de no interrumpir el sueño de los otros pasajeros, me tapo, al cubrirme con las tapas inhalo nuevamente ese olor a pichi que me recibió, ahora lo olfateo en mis frazadas y en mi colchoneta. El frío se filtra por la puerta, cada cierto momento alguien entra o sale y deja caer las pesadas puertas de ingreso, el golpe permanente, no permite dormir, ocasionalmente se escucha una voz que grita un rosario de garabatos en señal de protesta. De forma progresiva el sueño me va dominando, cierro los ojos, el frío ingresa por cada poro de mi piel. Es una noche glacial, me estremezco, y sin lograr abrigarme me duermo. Es la noche más fría que he pasado en mi vida.

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